EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Eres una insolente! —gritó Manfredo—. Señor marqués, sospecho que esta escena ha sido preparada para afrontarme. ¿Alguien ha sobornado a mis criados para que esparzan historias injuriosas para mi honor? Mantened vuestra reclamación con viril gallardÃa u olvidemos nuestras diferencias, como os he propuesto, intercambiando en matrimonio a nuestras hijas. Pero creedme: no es digno de un prÃncipe de vuestro rango recurrir a criados venales.
—Rechazo vuestras imputaciones —protestó Federico—. Es la primera vez que veo a esta damisela, ¡y no soy yo quien le ha dado una joya! Señor mÃo, señor mÃo, vuestra conciencia, vuestra culpa os acusa, y pretendéis arrojar la sospecha sobre mÃ. Pues guardaos a vuestra hija y no penséis más en Isabella: los maleficios que han recaÃdo sobre vuestra casa me impiden entroncar con ella.
Manfredo, alarmado por el tono resuelto en que Federico pronunció estas palabras, se esforzó en apaciguarlo. Despidió a Bianca, hizo tales promesas al marqués y encomió con tanta habilidad a Matilda que Federico fue persuadido una vez más. Sin embargo, su pasión era muy reciente, y no podÃa vencer sin más los escrúpulos que habÃa concebido. HabÃa captado lo suficiente de las palabras de Bianca como para convencerse de que el cielo estaba en contra de Manfredo.