EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Cielos! —exclamó Isabella, despertando de su engaño—. ¡Qué oigo! ¡Vos, mi señor! ¡Vos! ¡Mi padre polÃtico! ¡El padre de Conrado! ¡El esposo de la virtuosa y tierna Hippolita!
—¡Os digo —manifestó imperiosamente Manfredo— que Hippolita ya no es mi mujer! Me divorcio de ella desde ahora mismo. Por demasiado tiempo me ha impuesto la maldición de su esterilidad. Mi sino depende de tener hijos, y esta noche confÃo que me dé una nueva compañera que haga realidad mis esperanzas.
Con estas palabras tomó la frÃa mano de Isabella, medio muerta de terror.
La joven profirió un grito y se apartó de él. Manfredo se levantó para seguirla cuando la luna, que entonces estaba alta y brillaba en la ventana de enfrente, presentó ante su vista las plumas del yelmo fatal, que alcanzaban la altura de las ventanas, ondeando atrás y adelante como en una tempestad, acompañada de un sonido seco y susurrante. Isabella, que pese a su situación hacÃa acopio de valor, y que nada temÃa más que Manfredo continuara con su declaración, exclamó:
—¡Mirad, mi señor que el mismo cielo está en contra de vuestras impÃas intenciones!
—Ni el cielo ni el infierno se opondrán a mis designios —replicó Manfredo avanzando de nuevo para alcanzar a la princesa.