EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto El espectro avanzó con calma, pero apesadumbrado, hacia el final de la galería, y penetró en una sala a mano derecha. Manfredo le acompañaba a escasa distancia, lleno de ansiedad y horror, pero decidido. Cuando iba a entrar en la estancia, una mano invisible cerró la puerta con violencia. El príncipe, haciendo acopio de valor, trató de forzar la puerta a puntapiés, pero resistía a sus esfuerzos más extremos.
—Puesto que el infierno no satisfará mi curiosidad —dijo Manfredo—, utilizaré los medios humanos a mi alcance para preservar mi linaje. Isabella no se me escapará.