EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto La dama, cuya decisión había dado paso al terror en el momento en que abandonó a Manfredo, continuaba su huida hacia la parte baja de la escalera principal. Allí se detuvo, sin saber a dónde dirigir sus pasos, ni cómo escapar de la impetuosidad del príncipe. Sabía que las puertas del castillo estaban cerradas y que había guardias en el patio. Su corazón la impulsaba a acudir junto a Hippolita y advertirla del cruel destino que la aguardaba, pero no abrigaba duda alguna de que Manfredo iría allí en su busca, y de que su violencia le incitaría a duplicar la injuria que se proponía, dando rienda suelta a sus pasiones. El tiempo tal vez permitiera al príncipe reflexionar sobre los horribles propósitos que había concebido, o diera lugar a alguna circunstancia que favoreciese a la joven, si al menos por aquella noche pudiera eludir los odiosos propósitos de Manfredo.