EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Pero ¡dónde ocultarse! ¡Cómo escapar a la persecución a que infaliblemente la sometería por todo el castillo! Mientras tales pensamientos cruzaban con rapidez por su mente, recordó un pasadizo subterráneo que conducía desde las bóvedas del castillo a la iglesia de San Nicolás. Podía alcanzar el altar antes de ser detenida, pues sabía que ni siquiera la violencia de Manfredo osaría profanar la santidad del lugar. Y si no se le ofrecía otro medio para liberarse, estaba decidida a encerrarse para siempre entre las vírgenes consagradas, cuyo convento se hallaba contiguo a la catedral. Con esta resolución, tomó una lámpara que ardía al pie de la escalera, y corrió hacia el pasadizo secreto.
La parte baja del castillo estaba recorrida por varios claustros intrincados, y no resultaba fácil para alguien tan ansioso dar con la puerta que se abría a la caverna. Un terrible silencio reinaba en aquellas regiones subterráneas, salvo, de vez en cuando, algunas corrientes de aire que golpeaban las puertas que ella había franqueado, y cuyos goznes, al rechinar, proyectaban su eco por aquel largo laberinto de oscuridad. Cada murmullo le producía un nuevo terror, pero aún temía más escuchar la voz airada de Manfredo urgiendo a sus criados a perseguirla. Avanzaba sin hacer ruido, en la medida que su impaciencia se lo permitía, aunque se detenía a menudo y aguzaba el oído para saber si la seguían.