EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto En uno de esos momentos pensó oír un suspiro. La sacudió un temblor y retrocedió unos pocos pasos. Creyó oír andar a alguien. Se le heló la sangre, pues dedujo que se trataba de Manfredo. Por su mente cruzaron todas las ideas que el horror sería capaz de inspirar. Se lamentó de su precipitada huida, que la exponía a la ira del príncipe en un lugar donde sus gritos no serían capaces de atraer a alguien en su ayuda. Pero el sonido no parecía proceder de atrás. Si Manfredo sabía donde estaba, debió haberla seguido. Aún se hallaba en uno de los claustros, y los pasos que oyó eran demasiado claros para provenir del lugar por donde ella había pasado. Alentada por esta reflexión, y esperando hallar a un amigo en cualquiera que no fuese el príncipe, se disponía a avanzar cuando una puerta que permanecía entornada a alguna distancia, hacia la izquierda, se abrió suavemente. Pero antes de que su lámpara, que levantó, pudiera descubrir a quien había abierto aquella puerta, la persona en cuestión retrocedió precipitadamente al advertir la luz.
Isabella, a quien el mínimo incidente le producía desánimo, dudó si continuar. El temor que le inspiraba Manfredo sobrepasaba cualquier otro terror.