EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Sola en tan deprimente lugar, impresos en su mente todos los terribles acontecimientos del día, sin esperanza de escapar, aguardando la llegada en cualquier momento de Manfredo y muy intranquila sabiendo que estaba al alcance de alguien, no sabía quién, que por alguna causa parecía ocultarse en las inmediaciones: todos estos pensamientos se agolpaban en su atribulado cerebro, y a punto estaba de verse abrumada por sus aprensiones. Se encomendó a todos los santos del cielo, y en su fuero interno imploró su amparo. Durante un lapso considerable permaneció en una agonía de desesperación. Por último, con la mayor cautela posible, buscó a tientas la puerta, y una vez la hubo encontrado penetró temblando en la bóveda desde la que le habían llegado los sonidos del suspiro y de los pasos. Le produjo una especie de alegría momentánea percibir un incierto y nebuloso rayo de luna procedente del techo de la bóveda, que parecía haberse desprendido y del cual pendía un fragmento de tierra o de obra de albañilería, que no podía distinguir bien y que parecía haber sido aplastado hacia el interior. Se apresuró a avanzar hacia esa grieta, cuando distinguió una forma humana de pie junto al muro.
Gritó, creyéndola el fantasma de su prometido Conrado. La figura avanzó y dijo con voz sumisa:
—No os alarméis, señora, que no os haré ningún mal.