EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Isabella, algo animada por estas palabras y por el tono de voz del extraño, y coligiendo que debÃa ser la persona que habÃa abierto la puerta, recobró suficiente entereza como para replicar:
—Señor, quienquiera que seáis, tened piedad de una desdichada princesa al borde de la destrucción: ayudadme a escapar de este fatal castillo o, dentro de pocos momentos, pueden hundirme en la miseria para siempre.
—¿Y qué puedo hacer para ayudaros? Yo morirÃa por defenderos, pero no estoy familiarizado con el castillo y quisiera…
—Oh —exclamó Isabella, interrumpiendo apresuradamente al desconocido—, tan sólo ayudadme a encontrar una trampa que debe estar por algún sitio, y ése será el mejor servicio que podáis hacerme, pues no tengo un minuto que perder.
Diciendo estas palabras, se agachó e indicó al desconocido que hiciera otro tanto y buscara una pequeña pieza de latón incrustada en una de las losas del pavimento.
—Eso —aclaró— es el mecanismo que acciona un resorte cuyo secreto conozco. Si logro encontrarlo, podré escapar; si no, valeroso forastero, temo haberos mezclado en mis desdichas: Manfredo sospechará que sois cómplice de mi fuga, y seréis vÃctima de su resentimiento.