EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —No doy valor a mi vida —replicó el desconocido—, y me producirá satisfacción perderla tratando de libraros de su tiranÃa.
—Generoso joven, ¿cómo podré agradeceros…?
Cuando pronunciaba estas palabras, un rayo de luna que penetró por la grieta en lo alto de aquella ruina, iluminó directamente el mecanismo que buscaban.
—¡Oh, qué alegrÃa! —dijo Isabella—. ¡Aquà está la puerta secreta!
Y accionó el resorte, que se apartó y descubrió una argolla de hierro.
—Levantad la trampa —pidió la princesa.
El desconocido obedeció, y ante ellos aparecieron unos peldaños de piedra que descendÃan hacia una bóveda totalmente a oscuras.
—Debemos bajar —dijo Isabella—. Seguidme. Por oscuro y deprimente que sea, no podemos errar el camino, pues conduce directamente a la iglesia de San Nicolás. Pero acaso —añadió la princesa en tono modesto— vos no tengáis razón alguna para abandonar el castillo y yo no precisaré más de vuestros servicios. Dentro de unos minutos estaré a salvo de la ira de Manfredo… Permitidme sólo saber a quién debo tanto agradecimiento.