EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Preguntadme aquello a lo que pueda responder, y dadme muerte instantánea si os miento.
Manfredo, cuya impaciencia se acrecentaba ante la firmeza del valor y la indiferencia del joven, exclamó:
—¡Pues bien, hombre veraz! Contesta: ¿fue la caÃda de la trampa lo que oÃ?
—Lo fue.
—¡Lo fue! ¿Y cómo llegaste a saber que aquà habÃa una trampa?
—Vi la placa de latón a la luz de la luna.
—Pero ¿cómo supiste que eso era un cierre? ¿Cómo descubriste el secreto de su apertura?
—La Providencia, que me liberó del yelmo, fue capaz de encaminarme al mecanismo de cierre.
—La Providencia hubiera podido ir un poco más allá y ponerte fuera del alcance de mi resentimiento. Cuando la Providencia te enseñó a abrir el cierre, te abandonó por ser un estúpido que no sabe hacer uso de sus favores. ¿Por qué no proseguiste el camino que se te señaló para escapar? ¿Por qué cerraste la trampa antes de haber bajado los peldaños?