EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¿Puedo preguntarte, mi señor, por qué, sin estar familiarizado en absoluto con vuestro castillo, había yo de saber que esos peldaños conducían a algún sitio? Pero no quiero eludir vuestras preguntas. Quizá debiera haber explorado esos peldaños, pero no podían llevarme a una situación peor. La verdad es que dejé caer la trampa, y acto seguido llegasteis vos. Acababa de dar la alarma: ¿qué me importaba ser capturado un minuto antes o después?
—Para tu edad eres un villano decidido, pero pensándolo bien sospecho que te burlas de mí: aún no me has dicho cómo abriste el cierre.
—Os lo mostraré, mi señor.
Y tomando un fragmento de piedra caído de lo alto, se agachó sobre la trampa y empezó a golpear la placa de latón, con el propósito de ganar tiempo para que huyera la princesa. Esta presencia de ánimo, unida a la franqueza del joven, desconcertó a Manfredo. Incluso se sentía dispuesto a perdonar a alguien que había sido reo de un delito. Manfredo no era uno de esos tiranos salvajes que disfrutan mostrándose crueles sin que les provoquen. Las circunstancias de su fortuna habían vuelto adusto su temperamento, humano por su propia naturaleza, y sus virtudes estaban siempre dispuestas a manifestarse, a menos que la pasión oscureciera su juicio.