EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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Mientras el príncipe permanecía sumido en estas cavilaciones, el eco multiplicó un confuso rumor de voces por las distantes bóvedas. A medida que el sonido se acercaba, Manfredo distinguió el clamor de algunos de sus criados, a los que había distribuido por el castillo en busca de la princesa.

—¿Dónde está mi señor? —llamaban—. ¿Dónde está el príncipe?

—Aquí estoy —dijo Manfredo cuando se aproximaron—. ¿Habéis encontrado a la princesa?

El primero que había llegado respondió:

—¡Oh, mi señor! Me alegra encontraros.

—¡Encontrarme! ¿Habéis encontrado a la princesa?

—Así lo creíamos, mi señor —explicó el criado, con expresión aterrorizada—, pero…

—Pero ¡¿qué?! —gritó el príncipe—. ¿Ha escapado?

—Jaquez y yo, mi señor…

—Sí, Diego y yo… —le interrumpió el segundo criado, que llegaba aún más agitado.

—No habléis a la vez —exigió Manfredo—. Os pregunto dónde está la princesa.

—No lo sabemos —respondieron al mismo tiempo—, pero el miedo nos nubla el sentido.

—Ya me doy cuenta, estúpidos. ¿Qué os ha asustado así?


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