EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Oh, mi señor! —dijo Jaquez—. ¡Diego ha visto algo! Vuestra alteza no creerÃa lo que hemos visto.
—¿Qué nuevo absurdo es éste? —exclamó Manfredo—. Dadme una respuesta concreta o voto al cielo…
—Mi señor —imploró el pobre hombre—, si vuestra alteza se dignara escucharme… Diego y yo…
—SÃ, Jaquez y yo —puntualizó su camarada.
—¿Acaso no os prohibà hablar a la vez? Tú, Jaquez, contesta, porque ese otro idiota parece más ido que tú. ¿Qué ha ocurrido?
—Mi señor, si vuestra alteza se dignara escucharme… Diego y yo, cumpliendo las órdenes de vuestra alteza, fuimos en busca de la joven dama, pero considerando que podÃamos encontrarnos con el espectro de mi joven señor, el hijo de vuestra alteza, que Dios dé el descanso a su alma, puesto que no ha recibido cristiana sepultura…
—¡Imbécil! —gritó Manfredo, rabioso—. ¿Es sólo un espectro lo que has visto?
—¡Oh, peor! ¡Peor, mi señor! —exclamó Diego—. Ojalá hubiera visto diez espectros antes que eso.