EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Qué paciencia! Estos estúpidos me están confundiendo… ¡Fuera de mi vista, Diego! Y tú, Jaquez, dime si estás sobrio o deliras. Pareces capaz de razonar. El otro imbécil ¿se ha asustado y te ha contagiado el susto? Habla: ¿qué son esas fantasmagorÃas que ha visto?
—Oh, mi señor —dijo Jaquez temblando—, iba a explicar a vuestra alteza que desde la fatal desgracia de la que ha sido vÃctima mi joven señor, a cuya alma Dios dé el descanso, ninguno de nosotros, fieles sirvientes de vuestra alteza, que sin duda lo somos, aunque seamos una pobre gente… Digo que ninguno de nosotros se ha atrevido a andar por el castillo sin compañÃa, asà que Diego y yo, creyendo que la joven dama podÃa estar en la galerÃa grande, subimos allà en su busca para avisarla de que vuestra alteza tenÃa algo que comunicarle.
—¡Oh, qué torpes! —gritó Manfredo—. ¡Y mientras tanto la dejasteis escapar porque tenÃais miedo de los espectros! ¡Bribón! Ella me dejó en la galerÃa y yo vengo ahora de allÃ.
—Pues por lo que sé debe de seguir en ese lugar, ¡pero que el diablo me lleve si vuelvo a buscarla! ¡Pobre Diego! ¡No creo que llegue a recuperarse!