EL Castillo de Otranto

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—Recuperarse ¿de qué? ¿Es que no voy a enterarme de lo que ha aterrorizado a estos bribones? Pero estoy perdiendo el tiempo. ¡Sígueme, esclavo! Yo mismo comprobaré si está en la galería.

—¡Por el amor del cielo, mi buen señor —imploró Jaquez—, no vayáis a la galería! Creo que el mismo Satán está en la sala grande junto a la galería.

Manfredo, que hasta entonces había considerado desprovisto de fundamento el pánico de sus sirvientes, se sintió afectado por la nueva circunstancia. Recordó la aparición del retrato y el súbito portazo al final de la galería. Con voz insegura preguntó, alterado, qué había en la sala grande.

—Mi señor —contestó Jaquez—, cuando Diego y yo fuimos a la galería él iba delante, pues decía ser más valiente que yo. Al llegar no vimos a nadie. Miramos debajo de bancos y escabeles, y seguimos sin ver a nadie.

—¿Estaban todos los cuadros en su lugar? —preguntó Manfredo.

—Sí, mi señor, pero no se nos ocurrió mirar detrás de ellos.

—¡Bueno, bueno! Continúa.

—Cuando llegamos a la puerta de la sala grande, la encontramos cerrada.

—¿Y no la pudisteis abrir?


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