EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Oh, sÃ, mi señor, pero ojalá el cielo no lo hubiera permitido! La abrió Diego, no yo. Él mostraba mucha audacia y quiso entrar, desoyendo mi consejo. Nunca más abriré una puerta cerrada.
—¡No divagues! —le ordenó Manfredo, temblando—. Dime qué viste en la sala grande cuando abristeis la puerta.
—¡Yo, mi señor, no vi nada! Estaba detrás de Diego, pero oà el ruido.
—Jaquez —advirtió Manfredo en tono solemne—, dime, te conjuro a ello por las almas de mis antepasados: ¿qué viste y oÃste?