EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Fue Diego quien lo vio, mi señor, no yo. Sólo oí el ruido. Apenas Diego abrió la puerta, gritó y echó a correr. Yo le imité y le pregunté: «¿Es el espectro?». «¡El espectro!», me respondió Diego. «No, no», y se le erizaron los cabellos. «Creo que es un gigante. Revestido con armadura, pues le vi el pie y parte de la pierna, y eran tan grandes como el yelmo que está en el patio». Mientras pronunciaba estas palabras, mi señor, oímos que algo se movía violentamente, y el chirriar de una armadura, como si el gigante se levantara. Por lo que después me ha explicado Diego, cree que el gigante se hallaba acostado, pues el pie y la pierna estaban tendidos sobre el pavimento. Antes de que pudiéramos alcanzar el final de la galería, oímos la puerta de la sala grande golpear a nuestra espalda, pero no nos atrevimos a volvernos para comprobar si el gigante nos seguía… Ahora que lo pienso, hubiéramos debido oírlo si nos hubiera perseguido… Pero por el amor del cielo, mi buen señor, mandad a buscar al capellán para que exorcice el castillo, pues seguro que está encantado.
—¡Ay, ay, os rogamos que lo hagáis —se apresuraron a exclamar todos los criados— o nos veremos obligados a abandonar el servicio de vuestra alteza!
—¡Haya paz, cretinos! Y seguidme. Voy a averiguar qué significa todo esto.