EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¿Nosotros, mi señor? —gritaron al unÃsono—. No subirÃamos a la galerÃa ni por todas las rentas de vuestra alteza.
El joven campesino, que habÃa permanecido en silencio, habló ahora:
—¿Me permitirá vuestra alteza intentar esta aventura? Mi vida nadie la aprecia: no temo a ningún ángel malo ni he ofendido a ninguno bueno.
—Tu conducta vale más que tu aspecto —dijo Manfredo, mirándolo con sorpresa y admiración—. Te recompensaré por tu bravura, pero ahora —continuó con un suspiro— estoy tan abrumado que no me atrevo a confiar en otros ojos que no sean los mÃos. Por supuesto que te permito que me acompañes.
Cuando Manfredo siguió a Isabella desde la galerÃa, primero fue directamente al aposento de su esposa, pensando que la princesa se habÃa refugiado allÃ. Hippolita, que conocÃa sus pasos, se levantó, movida por el ansia y el afecto, para recibir a su señor, a quien no habÃa visto desde la muerte de su hijo. Corrió, transportada por una mezcla de gozo y pena, a estrecharse contra su pecho, pero él la rechazó con rudeza y preguntó:
—¿Dónde está Isabella?
—¡Isabella, mi señor! —replicó Hippolita, sorprendida.