EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—¿Nosotros, mi señor? —gritaron al unísono—. No subiríamos a la galería ni por todas las rentas de vuestra alteza.

El joven campesino, que había permanecido en silencio, habló ahora:

—¿Me permitirá vuestra alteza intentar esta aventura? Mi vida nadie la aprecia: no temo a ningún ángel malo ni he ofendido a ninguno bueno.

—Tu conducta vale más que tu aspecto —dijo Manfredo, mirándolo con sorpresa y admiración—. Te recompensaré por tu bravura, pero ahora —continuó con un suspiro— estoy tan abrumado que no me atrevo a confiar en otros ojos que no sean los míos. Por supuesto que te permito que me acompañes.

Cuando Manfredo siguió a Isabella desde la galería, primero fue directamente al aposento de su esposa, pensando que la princesa se había refugiado allí. Hippolita, que conocía sus pasos, se levantó, movida por el ansia y el afecto, para recibir a su señor, a quien no había visto desde la muerte de su hijo. Corrió, transportada por una mezcla de gozo y pena, a estrecharse contra su pecho, pero él la rechazó con rudeza y preguntó:

—¿Dónde está Isabella?

—¡Isabella, mi señor! —replicó Hippolita, sorprendida.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker