EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡SÃ, Isabella! —exclamó imperiosamente Manfredo—. Quiero ver a Isabella.
—Mi señor —intervino Matilda, que advertÃa la impresión que la conducta paterna habÃa producido en su madre—, no la hemos visto desde que vuestra alteza la llamó a su aposento.
—Dime dónde está —insistió el prÃncipe—; no quiero saber dónde estuvo.
—Mi buen señor —dijo Hippolita—, vuestra hija os dice la verdad: Isabella nos dejó para acudir a vuestra llamada, y desde entonces no ha regresado. Pero calmaos, mi buen señor; retiraos a descansar, pues este desgraciado dÃa os ha alterado. Isabella atenderá vuestras órdenes por la mañana.
—¡Cómo! Entonces, ¿sabéis dónde está? DecÃdmelo al punto, pues no quiero perder un instante. —Y dirigiéndose a su esposa—: Y vos, mujer, ordenad a vuestro capellán que se presente ante mà en seguida.
—Supongo —dijo Hippolita con calma— que Isabella se ha retirado a su aposento: no está acostumbrada a trasnochar tanto. Mi gracioso señor, permitidme saber qué os ha turbado hasta este extremo: ¿os ha ofendido Isabella?
—No me molestéis con preguntas y decidme dónde está.
—Matilda la llamará. Sentaos, mi señor, y recuperad vuestra fortaleza habitual.