EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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Manfredo regresaba ahora de la bóveda, acompañado por el campesino y unos pocos sirvientes a los que había obligado a seguirle. Subió la escalera sin detenerse hasta llegar a la galería, en cuya puerta encontró a Hippolita y a su capellán. Cuando Diego fue despedido por Manfredo, se encaminó directamente a los aposentos de la princesa, a contarle, alarmado, lo que había visto. La excelente dama, que no dudaba más que Manfredo sobre la realidad de la visión, fingió considerarla un delirio del criado. Pero queriendo preservar a su señor de una impresión adicional, y preparada por toda una serie de pesadumbres para no temblar por ninguna más, decidió hacer el primer sacrificio, si el hado había marcado aquella hora para su destrucción. Despachando a Matilda a su dormitorio, aunque ella se empeñaba en acompañar a su madre, y seguida sólo por el capellán, Hippolita recorrió la galería y la sala grande: ahora, con el alma serena como no la sentía desde hacía muchas horas, se reunió con su señor y le aseguró que la visión de la pierna y el pie gigantescos era una fabulación, sin duda una impresión causada en la mente de sus criados por el miedo y la oscura y lóbrega hora de la noche. Ella y el capellán habían examinado la estancia y lo hallaron todo en su orden acostumbrado.




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