EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Avergonzado también por su inhumano trato a una princesa que devolvía cada ofensa con renovadas muestras de ternura y dedicación, sintió que el amor rebrotaba en él y le asomaba a los ojos; pero no estaba menos avergonzado por sentir remordimiento hacia la persona contra la cual estaba maquinando un ultraje aún más amargo. Así pues, refrenó las inclinaciones de su corazón, y no se permitió concesiones a la piedad. El siguiente sentimiento que se apoderó de su alma fue una exquisita maldad. Dando por segura la imperturbable sumisión de Hippolita, se regocijaba porque no sólo aceptaría con resignación el divorcio, sino que obedecería, si a él le complacía, esforzándose en convencer a Isabella de que concediera su mano a su príncipe. Pero antes de que pudiera recrearse en tan horrible esperanza, recordó que Isabella no había sido hallada. Volviendo en sí, dio órdenes de que todas las avenidas del castillo fueran estrictamente custodiadas, y encargó a sus criados que no permitieran a nadie el paso, de lo que responderían con sus vidas. Al joven campesino, a quien se dirigió con afabilidad, le ordenó permanecer en una pequeña estancia, en lo alto de la escalera, donde había un camastro, y cuya llave se llevó consigo. Le dijo al joven que hablaría con él a la mañana siguiente. Despidió al servicio y, dirigiendo una hosca inclinación a Hippolita, se encaminó a su aposento.