EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —No, mi señor —replicó aquel hombre bueno con una firmeza y autoridad que impresionó incluso al decidido Manfredo, que no podÃa dejar de admirar las virtudes de Jerónimo, propias de un santo—. Mi encargo es para los dos y, con la venia de vuestra alteza, en presencia de ambos os lo comunicaré. Pero primero, mi señor, debo preguntar a la princesa si conoce la causa de que la señora Isabella abandonara vuestro castillo.
—A fe mÃa que no —respondió Hippolita—. ¿Acaso Isabella me atribuye complicidad?
—Padre —terció Manfredo—, con el debido respeto a vuestro sagrado ministerio, aquà el soberano soy yo, y no voy a permitir que un sacerdote entrometido se interfiera en los asuntos de mi casa. Si tenéis algo que decir, aguardadme en mi aposento. No tengo la costumbre de mantener a mi esposa al corriente de los asuntos secretos de mis estados. No son cosa de mujeres.
—Mi señor —dijo el santo varón—, no me inmiscuyo en los secretos de las familias. Mi función consiste en promover la paz, no en fomentar divisiones; en predicar el arrepentimiento y enseñar a los hombres a dominar sus tercas pasiones. Olvido la poco caritativa observación de vuestra alteza, pero sé cuál es mi deber, y soy el ministro de un prÃncipe más poderoso que Manfredo. Escuchad al que habla por mi boca.