EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡La causa! —le interrumpió Jerónimo—. ¿La causa fue un joven?
—¡Esto no se puede consentir! —gritó Manfredo—. ¿Me va a desafiar en mi propio palacio un monje insolente? Tú eres cómplice de sus amores, lo adivino.
—RezarÃa para que el cielo aclarase vuestras poco caritativas conjeturas, si vuestra alteza no supiera, en conciencia, cuán injustamente me acusa. Ruego el perdón para semejante mezquindad, e imploro a vuestra alteza que deje en paz a la princesa en ese lugar sagrado, donde no corre el riesgo de verse perturbada por fantasÃas mundanas tan inanes como las palabras de amor de un hombre.
—Y yo os pido que traigáis a la princesa para que cumpla con su deber.
—El mÃo es evitar su regreso. Está donde los huérfanos y las doncellas se hallan más seguros frente a las perversidades y las vilezas de este mundo. Y nada salvo la autoridad de un padre la sacará de allÃ.
—¡Yo soy su padre! —gritó Manfredo—. Y la reclamo.
—Ella querÃa teneros por padre, pero el cielo, que ha impedido ese parentesco, ha disuelto para siempre los vÃnculos que os unÃan. Anuncio a vuestra alteza…
—¡Detente, hombre osado! ¡Y teme mi ira!