EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Reverendo padre —intervino Hippolita—, a vuestro ministerio no convienen los respetos humanos: habéis de decir lo que el deber os imponga, pero el mÃo consiste en no oÃr nada que desagrade a mi señor. Me retiraré a mi oratorio y rezaré a la SantÃsima Virgen para que os inspire con sus santos consejos, y para que devuelva al corazón de mi gracioso señor la paz y la gentileza que le son habituales.
—¡Mujer excelente! —dijo el fraile—. Señor, estoy a vuestra disposición.
Acompañado por el fraile, Manfredo se dirigió a su aposento.