EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Me percato, padre —dijo, cerrando la puerta—, de que Isabella os ha puesto al corriente de mi propósito. Ahora, escuchad mi resolución y obedeced. Razones de estado, las razones más urgentes, mi propia seguridad y la de mi pueblo, exigen que tenga un hijo. Resulta vano esperar un heredero de Hippolita. He escogido a Isabella. Debéis traerla de vuelta, y aún debéis hacer más. Me consta la influencia que ejercéis sobre Hippolita: su conciencia está en vuestras manos. Admito que es una mujer sin tacha: su alma es celestial y desdeña la mezquina grandeza de este mundo. Vos podrÃais retirarla de él. Convencedla para que consienta en la disolución de nuestro matrimonio y se retire a un monasterio. Puede fundar uno, si lo desea, y tendrá los medios para ser tan generosa con vuestra orden como ella o vos podáis desear. Asà apartaréis las calamidades que penden sobre nuestras cabezas y contraeréis el mérito de salvar el principado de Otranto de la destrucción. Sois un hombre prudente, y aunque el ardor de mi temperamento me traicione con algunas expresiones impropias, honro vuestra virtud y deseo deberos la tranquilidad de mi vida y la conservación de mi familia.