EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Hágase la voluntad del cielo! Yo no soy más que su indigno instrumento. Él se sirve de mi lengua para advertiros, prÃncipe, contra vuestros injustificables designios. Las ofensas a la virtuosa Hippolita claman al AltÃsimo. Os reprendo por vuestros propósitos adúlteros de repudiarla, y os conmino a que abandonéis vuestro incestuoso plan respecto a la que iba a ser vuestra hija. El cielo, que la ha librado de vuestra furia, cuando las pruebas a las que ha sido sometida tan recientemente vuestra casa deberÃan haberos inspirado otros pensamientos, continuará protegiéndola. Incluso yo, pobre e insignificante fraile, soy capaz de protegerla de vuestra violencia. Yo, un pecador a quien sin caridad alguna vuestra alteza ha acusado de ser cómplice de no sé qué amores, rechazo los halagos con los que os habéis complacido en tentar mi honradez. Amo mi orden, honro las almas devotas y respeto la piedad de vuestra princesa, pero no traicionaré la confianza que ha depositado en mÃ, ni serviré la causa de la religión con complacencias falaces y pecaminosas. ¡Desgraciado! ¡El bienestar del estado depende de que vuestra alteza tenga un hijo! El cielo se mofa de la cortedad de miras del hombre. Ayer no más, ¿qué casa era más grande y floreciente que la de Manfredo? ¿Dónde está ahora el joven Conrado? Señor, respeto vuestras lágrimas, pero no pienso impedirlas. ¡Dejadlas fluir, prÃncipe! Pesarán más ante el cielo para procurar bienestar a vuestros súbditos, que un matrimonio que, fundado en la lujuria o en la polÃtica, nunca podrá prosperar. El cetro, que ha pasado de la estirpe de Alfonso a vos, no puede ser protegido mediante una unión que la Iglesia nunca permitirá. Si es la voluntad del AltÃsimo que el nombre de Manfredo perezca, resignaos, mi señor, a sus decretos. Y mereceréis entonces una corona que jamás os quitarán. Venid, mi señor; me complace esa tristeza. Regresemos junto a la princesa: no está al tanto de vuestras crueles intenciones, y yo no tengo intención de alarmarla. Ya habéis visto con qué gentil paciencia, con qué esfuerzos amorosos escuchó y rechazó escuchar el alcance de vuestra culpa. Sé que desea abrazaros y aseguraros su inalterable afecto.