EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto ¡Cuán hiriente fue la angustia que sintió el santo varón al advertir la actitud, del obstinado prÃncipe! Temió por Hippolita, a cuya ruina lo veÃa decidido, y también consideraba que si Manfredo desistÃa de recobrar a Isabella, su impaciencia por tener un hijo le empujarÃa hacia otra mujer que acaso no se mostrara tan insensible a la tentación del rango principesco. Por unos momentos, el buen fraile permaneció sumido en sus pensamientos. Por último, considerando que la dilación le daba alguna esperanza, pensó que el proceder más sensato serÃa evitar que el prÃncipe desesperara de recuperar a Isabella. SabÃa que podÃa contar con ella, debido a su afecto por Hippolita y a la aversión que le habÃa manifestado experimentar hacia las intenciones de Manfredo. SecundarÃa, pues, sus propósitos hasta que la Iglesia fulminara con sus censuras el divorcio. Con esta idea, y como si le impresionaran los escrúpulos del prÃncipe, dijo al cabo: