EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Mi señor, he estado ponderando lo que ha dicho vuestra alteza. Si en verdad el motivo de vuestra repugnancia hacia vuestra virtuosa cónyuge es el escrúpulo de conciencia, ¡lejos de mà tratar de endurecer vuestro corazón! La Iglesia es una madre indulgente, asà que mostradle vuestras angustias, pues sólo ella puede llevar consuelo a vuestra alma, bien satisfaciendo vuestra conciencia o, tras el examen de vuestras reservas, devolviéndoos la libertad y poniendo a vuestro alcance los medios lÃcitos para la continuidad de vuestro linaje. En este caso, si la señora Isabella consintiera…
Manfredo, convencido de que se habÃa impuesto al santo varón, o que su anterior arranque no habÃa sido más que un tributo a las apariencias, se sintió muy gozoso por aquel súbito giro, y repitió las más generosas promesas si lograba su propósito gracias a la mediación del fraile. El bienintencionado sacerdote permitió que se engañara, plenamente decidido a desbaratar sus planes en lugar de secundarlos.