EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Como ahora nos entendemos —dijo el prÃncipe—, espero, padre, que me complaceréis en un punto. ¿Quién es el joven que encontramos en la bóveda? Ha debido ser cómplice en la fuga de Isabella. Decidme la verdad: ¿es su amante o es el intermediario de una pasión ajena? A menudo he sospechado de la indiferencia de Isabella hacia mi hijo: un millar de circunstancias se agolpan en mi mente para confirmarme en esa sospecha. Ella misma la comprendÃa tan bien que mientras conversábamos en la galerÃa, se anticipó y se justificó a sà misma aduciendo la frialdad de Conrado.
El fraile, que nada sabÃa del joven salvo lo que de pasada le dijo la princesa, ignoraba lo que habÃa sido de él. Sin reflexionar lo bastante sobre la impetuosidad del temperamento de Manfredo, pensó que no estarÃa de más sembrar las semillas de los celos en su mente: podÃan reportarle utilidad más adelante, para que el prÃncipe desconfiara de Isabella, si seguÃa empeñado en aquella unión, o bien para distraer su atención hacia derroteros equivocados.