EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Entonces dedicarÃa sus pensamientos a una intriga ilusoria, que le impedirÃa lanzarse a una nueva persecución. Con esta desdichada polÃtica, respondió de manera que Manfredo se reafirmara en la creencia de que habÃa alguna relación entre Isabella y el joven. El prÃncipe, cuyas pasiones necesitaban poco combustible para encenderse, se sintió rabioso ante la idea que sugerÃa el fraile.
—¡Llegaré hasta el final de esta intriga! —gritó y, abandonando bruscamente a Jerónimo, ordenándole que permaneciera allà hasta su regreso, corrió hasta el gran salón del castillo y mandó que compareciera el campesino—. ¡Tú, audaz impostor! —exclamó el prÃncipe en cuanto vio al joven—. ¿Qué hay ahora de tu cacareada sinceridad? ¿Fueron la Providencia y la luz de la luna las que te descubrieron el cierre de la trampa? Dime, valeroso muchacho, quién eres y desde cuándo conoces a la princesa. Y cuida de responder con menos engaños que anoche, o las torturas te arrancarán la verdad.
El joven, comprendiendo que habÃa sido descubierta su participación en la huida de la princesa, y deduciendo que nada de cuanto dijera podÃa ya beneficiarla o perjudicarla, respondió: