EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —No soy un impostor, mi señor, ni merezco esas oprobiosas palabras. Contesté a cada una de las preguntas que vuestra alteza me formuló anoche con la misma sinceridad con que hablaré ahora. Y no por miedo a vuestras torturas, sino porque mi alma aborrece la falsedad. Os ruego que repitáis las preguntas, mi señor. Estoy dispuesto a daros las satisfacciones que pueda.
—Ya conoces mis preguntas, y sólo quieres ganar tiempo a fin de preparar una evasión. Responde: ¿quién eres? ¿Desde cuándo conoces a la princesa?
—Soy un campesino de la aldea vecina y mi nombre es Teodoro. La princesa me encontró anoche en la bóveda. Con anterioridad nunca la habÃa visto.
—Puedo creerte mucho o poco, según me plazca. Pero quiero oÃr tu propia versión, antes de considerar su veracidad. Dime, ¿qué razón te dio la princesa para que la ayudaras a huir? Tu vida depende de la respuesta.
—Me dijo que estaba al borde de la destrucción, y que si no podÃa escapar del castillo, al cabo de pocos momentos se hallarÃa en peligro de convertirse en una miserable para siempre.
—Y con tan frágil fundamento, con las razones de una muchacha tonta, ¿arriesgaste mi enfado?
—Yo no temo el enfado de ningún hombre cuando una mujer en apuros se pone bajo mi protección.