EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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Durante este interrogatorio, Matilda se dirigía al aposento de Hippolita. En el extremo superior del salón donde se hallaba Manfredo, había una galería de madera con ventanas enrejadas, por la que iban a pasar Matilda y Bianca. Al oír la voz de su padre, y viendo a los criados reunidos en torno a él, se detuvo para ver de qué se trataba. El prisionero no tardó en atraer su atención: la seguridad y compostura con que respondía y la galantería de su última respuesta, que fueron las primeras palabras que ella distinguió, la inclinaron en su favor. Su persona era noble, apuesta y con aplomo, aun en aquella situación, pero su contención no tardó en atraer toda su simpatía.

—¡Cielos! Bianca —dijo la princesa en voz baja—, ¿estoy soñando? ¿No es ese joven el vivo retrato de la pintura de Alfonso que hay en la galería?

No pudo continuar, pues la voz de su padre aumentaba de tono con cada palabra:

—Esta bravuconería supera tu anterior insolencia. Ya experimentarás la ira que has osado desdeñar. Apresadlo y atadlo. Las primeras noticias que tenga la princesa de su campeón serán que por su causa lo han decapitado.

—La injusticia que cometéis conmigo —dijo Teodoro— me convence de que hice bien en librar a la princesa de vuestra tiranía. ¡Ojalá sea feliz, cualquiera que sea mi suerte!


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