EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Eres su amante! —gritó Manfredo, furioso—. Un campesino en trance de muerte no manifiesta esos sentimientos. Dime, dime, muchacho temerario, quién eres o el potro te arrancará tu secreto.
—Ya me habéis amenazado de muerte, a pesar de haberos dicho la verdad. Si ése es todo el estÃmulo que puedo esperar por mi sinceridad, no me siento tentado de satisfacer más vuestras vanas curiosidades.
—Entonces, ¿no quieres hablar?
—No.
—Sacadlo al patio. Ahora mismo quiero ver su cabeza separada del cuerpo.
Matilda se desmayó al oÃr estas palabras. Bianca se puso a gritar:
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡La princesa ha muerto!
Ante estas palabras, Manfredo se levantó y preguntó qué ocurrÃa. El joven campesino, que también las habÃa oÃdo, quedó horrorizado, y preguntó ansiosamente lo mismo. Pero Manfredo ordenó que lo sacaran corriendo al patio y que lo retuvieran allà para ejecutarlo, mientras él se informaba de la causa de los gritos de Bianca. Cuando lo supo, consideró que eran fruto del pánico femenino, y ordenó que Matilda fuera trasladada a su aposento. Corrió luego al patio, y llamando a uno de los guardias, hizo que Teodoro se arrodillara y se dispusiera a recibir el tajo fatal.