EL Castillo de Otranto

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El impasible joven recibió la amarga sentencia con una resignación que conmovió todos los corazones salvo el de Manfredo. Aquél deseaba ante todo saber el significado de las palabras que había oído sobre la princesa, pero desistió por temor a exasperar aún más al tirano en contra de ella. La única gracia que se dignó solicitar fue que se le permitiera disponer de un confesor, para ponerse en paz con el cielo. Manfredo, que esperaba enterarse de la historia del joven a través del confesor, se apresuró a complacerle, y convencido de que el padre Jerónimo secundaba ahora sus propósitos, ordenó que lo llamaran para atender al prisionero. El santo varón, que había sido incapaz de prever la catástrofe que había ocasionado su imprudencia, cayó de rodillas ante el príncipe y le conjuró de la manera más solemne para que no vertiera sangre inocente. Se acusó a sí mismo, en los términos más amargos, por su indiscreción, se esforzó en disculpar al joven y no regateó medios para apaciguar la rabia del tirano.

Manfredo, más encendido que tranquilizado por la intercesión de Jerónimo, cuya retractación le infundía sospechas de que él y el joven le habían engañado, ordenó al fraile que cumpliera con su deber, advirtiéndole que no le concedería al prisionero muchos minutos para su confesión.


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