EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¿Podéis ahora sentir lo que es perder a un único hijo? —dijo Manfredo—. Hace unas pocas horas me predicabas la resignación: mi casa, si el destino asà lo querÃa, debÃa perecer. Pero el conde de Falconara…
—Oh, mi señor, confieso haberos ofendido, pero no agravéis los sufrimientos de un anciano. Yo no me enorgullezco de mi familia, ni creo en tales vanidades… Es la naturaleza la que ruega por este muchacho, es la memoria de la mujer amada que le dio el ser… Ella, Teodoro, ¿ha muerto?
—Su alma hace tiempo que está con los bienaventurados —respondió Teodoro.
—¿Cómo? —exclamó Jerónimo—. Dime… No, ¡ella es feliz! ¡Todos mis cuidados son ahora para ti! Mi temido señor, ¿querréis… querréis garantizarme la vida de mi pobre muchacho?
—Regresad a vuestro convento, traed aquà a la princesa, obedecedme en todo lo que ya sabéis, y os prometo conservar la vida de vuestro hijo.
—¡Oh, mi señor! ¿Es la honradez el precio que debo pagar por la seguridad de este amado joven?
—¡Por mÃ! —exclamó Teodoro—. Mil muertes me sean dadas antes que manchar tu conciencia. ¿Qué es exactamente lo que el tirano quiere de vos? ¿Está la princesa a salvo de su poder? ¡Protegedla, venerable anciano! Y dejad que toda su ira caiga sobre mÃ.