EL Castillo de Otranto

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—¡Silencio! —les atajó Manfredo con dureza—. Para estar dispuesto a perdonar necesito saber más. El bastardo de un santo puede no ser un santo él mismo.

—¡Eso es una injuria, señor! —dijo Teodoro—. No añadáis el insulto a la crueldad. Si soy el hijo de este hombre venerable, aunque no sea príncipe como tú, la sangre que corre por mis venas…

—Sí —le interrumpió el fraile—, su sangre es noble; no es el ser abyecto que vos decís, mi señor. Es mi hijo legítimo, y Sicilia puede enorgullecerse de pocas casas más antiguas que la de Falconara. Pero, oh, señor, ¿qué es la sangre? ¿Qué es la nobleza? Todos nosotros somos reptiles, miserables criaturas pecadoras. Tan sólo la piedad puede diferenciarnos del polvo del que venimos y al que debemos volver.

—Cortad vuestro sermón —le advirtió Manfredo—. Olvidáis que ya no sois el fraile Jerónimo, sino el conde de Falconara. Contadme vuestra historia, que ya tendréis tiempo de hacer consideraciones morales luego, si no conseguís gracia para este obstinado criminal.

—¡Madre de Dios! —exclamó el fraile—. ¿Es posible que mi señor pueda negar a un padre la vida de su único hijo, perdido hace mucho tiempo? Arrestadme, mi señor, mofaos de mí, causadme aflicción, aceptad mi vida por la suya, pero ¡salvad a mi hijo!


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