EL Castillo de Otranto

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Las emociones que en este punto se desataron cabe imaginarlas, pero no pueden ser descritas. Las lágrimas de los asistentes se interrumpieron más por el asombro que por la alegría. Parecían preguntar a su señor, mirándole a los ojos, qué debían sentir. Sorpresa, duda, ternura, respeto se sucedían en el rostro del joven. Éste recibió modesto y sumiso la efusión de las lágrimas y los abrazos del anciano. Temeroso de alentar la esperanza, y sospechando por todo lo ocurrido que no cedería la inflexibilidad de Manfredo, dirigió una mirada al príncipe, como diciéndole: «¿Puedes permanecer inconmovible ante una escena como ésta?».

El corazón de Manfredo era capaz de emoción. El asombro le hizo olvidar la ira, pero su orgullo le impidió sentirse afectado. Incluso dudaba de que aquel descubrimiento no fuera un ardid del fraile para salvar al joven.

—¡Qué significa esto! ¿Cómo puede ser vuestro hijo? ¿Es propio de vuestro ministerio o de vuestra fama de santidad reconocer como hijo a un campesino, fruto de vuestros amores pecaminosos?

—¡Oh, Dios! ¿Acaso dudáis de que es mi hijo? ¿Podría experimentar esta angustia si no fuera su padre? ¡Salvadlo, buen príncipe, salvadlo, y haced conmigo lo que queráis!

—¡Salvadlo, salvadlo por este santo varón! —gritaron los presentes.


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