EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —¡Acabemos! —urgió Manfredo—. No me convencerán más los lloriqueos de los curas que los gritos de las mujeres.
—¡Cómo! —dijo el joven—. ¿Es posible que mi hado haya ocasionado lo que he oÃdo? ¿De nuevo está la princesa en tu poder?
—Lo único que haces es recordarme la causa de mi ira. Prepárate porque éste es tu último momento.
El joven, que sintió crecer su indignación y que estaba conmovido por la pena que, según veÃa, habÃa infundido en todos los circunstantes, asà como en el fraile, se sobrepuso a sus emociones y, despojándose del jubón y desabrochándose el cuello, se arrodilló para orar. Al inclinarse, la camisa le resbaló por el hombro y descubrió la herida de un sanguinario flechazo.
—¡Cielos! —exclamó el santo varón levantándose—. ¿Qué veo? ¡Es mi hijo! ¡Mi Teodoro!