EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Id, querido señor —dijo Teodoro—; obedeced al prÃncipe. Yo no merezco que por mi causa demoréis su satisfacción.
Jerónimo preguntó quién llegaba y recibió respuesta:
—Un heraldo.
—¿En nombre de quién?
—Del caballero del sable gigantesco. Y debo hablar con el usurpador de Otranto.
Jerónimo regresó junto al prÃncipe y no dejó de repetirle el mensaje palabra por palabra. Apenas empezó a hablar el fraile, Manfredo se sintió aterrorizado, pero al oÃrse tratar de usurpador, su rabia rebrotó y se reavivó todo su coraje.
—¡Usurpador! ¡Insolente villano! ¿Quién osa poner en duda mi tÃtulo? Retiraos, padre, que éste no es asunto de monjes: yo mismo voy al encuentro de ese presuntuoso. Id a vuestro convento y preparad el regreso de la princesa: vuestro hijo será el rehén de vuestra fidelidad. Su vida depende de vuestra obediencia.
—¡Santo cielo, mi señor! Vuestra alteza hace sólo un instante perdonó sin condiciones a mi hijo. ¿Tan pronto habéis olvidado la intercesión de lo alto?