EL Castillo de Otranto

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—Martelli ha pasado por el convento hace apenas un cuarto de hora procedente del castillo, y ha informado de que su alteza había muerto. Todos nuestros hermanos se han dirigido a la capilla, a rezar por su venturoso paso a mejor vida, y me han encargado que aguardara tu llegada. Saben de tu santo afecto por esa buena señora, y están ansiosos por la aflicción que te causará su muerte… Por supuesto que todos nosotros tenemos razones para llorar por ella, pues era como una madre para nuestra casa… Pero esta vida no es más que un peregrinar y no debemos quejarnos… Todos la seguiremos, ¡y ojalá que nuestro fin sea como el suyo!

—Buen hermano, tú sueñas. Te digo que vengo del castillo y dejé a la princesa bien… ¿Dónde está la señora Isabella?

—¡Pobre dama! Le comuniqué la triste nueva y le ofrecí consuelo espiritual. Le recordé lo transitorio de nuestra condición mortal y le aconsejé que tomara el velo. Cité el ejemplo de la santa princesa Sancha de Aragón…

—Tu celo fue laudable —dijo Jerónimo impaciente—, pero era innecesario, pues Hippolita se encuentra bien… Al menos confío en que gracias a Dios lo esté. No he oído nada en sentido contrario… Aunque tal vez sean cosas del príncipe… Bueno, hermano, pero ¿dónde está la señora Isabella?


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