EL Castillo de Otranto

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—No lo sé. Lloró mucho y dijo que deseaba retirarse a su aposento.

Jerónimo se separó bruscamente de su compañero y corrió a la habitación de la princesa, pero no la halló. Preguntó a los criados del convento, pero nadie pudo dar noticias de ella. Buscó en vano por todo el monasterio y en la iglesia, y despachó mensajeros por todo el vecindario, para que se informaran de si la habían visto, pero sin resultado. La perplejidad del santo varón fue indescriptible. Consideró que Isabella, sospechando que Manfredo había precipitado la muerte de su esposa, se había alarmado, escondiéndose en algún lugar más secreto. Esta nueva huida probablemente llevaría al extremo la furia del príncipe. La noticia de la muerte de Hippolita, aunque parecía casi increíble, aumentó su consternación, y si bien la fuga de Isabella revelaba su aversión hacia Manfredo como esposo, Jerónimo no se tranquilizó por ello, puesto que hacía peligrar aún más la vida de su hijo. Decidió regresar al castillo, haciéndose acompañar por varios hermanos que atestiguaran su inocencia ante Manfredo y, si fuera necesario, intercedieran en favor de Teodoro.




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