EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Un centenar de gentileshombres portando una espada enorme, y al parecer abrumados bajo su peso. Seguía el caballero en un corcel castaño, con armadura completa, lanza en posición de descanso y el rostro enteramente oculto por la visera, rematada por un gran penacho de plumas escarlata y negras. Cincuenta guardias a pie con tambores y trompetas cerraban el cortejo, que se distribuyó a derecha e izquierda para dejar sitio al caballero principal.
En cuanto llegó a la puerta, se detuvo. Se adelantó el heraldo, que leyó de nuevo el desafío. Los ojos de Manfredo estaban fijos en la espada gigante, y apenas pareció prestar oídos a la lectura. Pero su atención no tardó en verse atraída por una ráfaga de viento que se levantó a sus espaldas. Se volvió y distinguió el penacho del yelmo encantado agitado de la misma extraordinaria manera que antes. Se precisaba un valor como el de Manfredo para no hundirse bajo un cúmulo de circunstancias que parecían anunciar su destino fatal.
Haciendo gala ante aquellos forasteros de su coraje de siempre, dijo con audacia: