EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Señor caballero, quienquiera que seas te doy la bienvenida. Si eres de naturaleza mortal, tu valor hallará a un igual, y si eres un auténtico caballero, evitarás emplear la brujerÃa para triunfar en tu empeño. Tanto si estos presagios provienen del cielo como del infierno, Manfredo confÃa en la rectitud de su causa y en la ayuda de san Nicolás, que siempre ha protegido su casa. Desmonta, señor caballero, y reposa. Mañana tendrás ocasión de combatir, ¡y que el cielo haga prevalecer la causa más justa!
El caballero no respondió, pero desmontó y Manfredo le acompañó al gran salón del castillo. Cuando atravesaban el patio, el caballero se detuvo para contemplar el milagroso yelmo y, arrodillándose, pareció rezar para sus adentros unos minutos. Incorporándose, hizo una señal al prÃncipe para proseguir.
Cuando hubieron entrado en el salón, Manfredo propuso al forastero que se desarmara, pero éste negó con la cabeza.
—Señor caballero —dijo Manfredo—, esto no es cortés. ¡Pero a fe mÃa que no os traicionaré! Ni tendréis queja alguna del prÃncipe de Otranto. No me propongo ninguna treta y espero lo mismo de vos. Ésta es mi prenda —y le tendió su anillo—: vuestros amigos y vos gozaréis de las leyes de la hospitalidad. Descansad hasta que traigan los refrigerios. Daré órdenes para el alojamiento de vuestro séquito y regresaré.