EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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Los tres caballeros hicieron una reverencia, como aceptando la cortesía.

Manfredo ordenó que el séquito del forastero fuera conducido a la hospedería anexa, fundada por la princesa Hippolita para acoger a peregrinos. Cuando daban la vuelta al patio para regresar a la puerta, la espada gigantesca escapó de sus portadores y, cayendo al suelo junto al yelmo, permaneció inamovible.

Manfredo, casi habituado a los fenómenos sobrenaturales, encajó la sorpresa de este nuevo prodigio, y regresando al salón, donde para entonces ya se había preparado el festín, invitó a sus silenciosos huéspedes a ocupar sus lugares. A pesar de su gran inquietud, Manfredo se esforzó en animarles. Les formuló varias preguntas, pero sólo se le respondió por señas. Se levantaron las viseras lo imprescindible para comer.







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