EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Señores, sois los primeros huéspedes que he acogido tras estos muros que se niegan a mantener conversación alguna conmigo. Creo que no es habitual que los prÃncipes arriesguen su estado y dignidad por unos forasteros mudos. DecÃs haber venido en nombre de Federico de Vicenza: siempre he oÃdo que era un caballero galante y cortés. Me atrevo a pensar que no considerarÃa indigno alternar en sociedad con un prÃncipe que es su igual y que no resulta desconocido por sus hechos de armas. Pero persistÃs en vuestro silencio. ¡Bueno! Proceded como gustéis, pues según las leyes de la hospitalidad y de la caballerÃa sois amos bajo este techo y podéis hacer lo que gustéis. Pero, ea, servidme un cubilete de vino: no rechazaréis brindar conmigo a la salud de vuestras bellas damas.
El caballero principal suspiró, se persignó y se dispuso a levantarse de la mesa.
—Señor caballero —dijo Manfredo—, lo que he dicho ha sido una broma; no quisiera obligaros a nada. Haced lo que gustéis. Puesto que vuestro ánimo no es alegre, permanezcamos tristes. Tal vez otros asuntos os interesen más. Retirémonos y tal vez lo que tengo que deciros os agrade más que mis vanos esfuerzos por entreteneros.