Aprendiendo a quererse a sí mismo
Aprendiendo a quererse a sí mismo Es legítimo elogiarse, consentirse, valorarse. No se trata de una indulgencia vanidosa, sino de una actitud consciente de respeto hacia la propia existencia. Existen placeres necesarios: mimarse, darse gusto, hablar bien de uno mismo, disfrutar del tiempo propio sin culpa. Porque el amor comienza en casa, y negarse afecto personal es como esperar cosechar donde nunca se sembró.
La forma en que cada persona se percibe físicamente no es innata, sino moldeada por las comparaciones sociales, los mensajes familiares y los cánones estéticos dominantes. La autoimagen se forma en el entorno: burlas en la infancia, apodos crueles, juicios sobre el cuerpo, los gestos o la forma de vestir, terminan dejando marcas profundas. Incluso cuando esas características desaparecen o cambian, el sentimiento de “ser feo” o “no ser suficiente” permanece instalado, como una condena heredada.
No hay belleza universal. Lo atractivo es relativo a la época, la cultura, el contexto. Pero cuando se adopta como verdad absoluta lo que dictan los medios o el entorno inmediato, se cae en la trampa del desprecio propio. Se desarrolla una lupa implacable que solo enfoca los defectos. Y así, quien posee encantos reales, puede llegar a no verlos jamás, porque se compara con un ideal inalcanzable y artificial.
