El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¿Qué ocurre? —repitió Bensington levantándose.
Redwood profirió una violenta interjección.
—¿Qué pasa? —preguntó de nuevo Bensington.
—Voy a buscar el periódico —dijo Redwood yendo hacia la puerta.
—¿Por qué?
—Voy a buscar el periódico. Algo que no acabo de entender… ¡Ratas gigantes…!
—¿Ratas?
—Sí, ratas. ¡Skinner tenía razón, después de todo!
—¿Qué quiere usted decir?
—¿Cómo diablos voy a saberlo hasta que no vea el periódico?
¡Grandes ratas! ¡Buen Dios! ¡Me pregunto si se lo habrán comido! —miró alrededor de sí, buscando el sombrero y se decidió a salir sin él.
Al ir bajando los peldaños de dos en dos, pudo oír el tronar de los potentes gritos de los vendedores de periódicos que estaban haciendo su agosto:
—¡Horrible suceso en Kent…! ¡Horrible suceso en Kent! ¡Un médico devorado por las ratas…! ¡Horrible suceso…! ¡Horrible suceso…! ¡Ratas…! ¡Devorado por unas ratas enormes…! ¡Con todos los detalles…! ¡Horrible suceso!