El alimento de los dioses

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III

Cossar, el bien conocido ingeniero, los encontró en la gran entrada del bloque de pisos. Redwood tenía abierto el húmedo periódico rosado, y Bensington, de puntillas, leía por encima del hombro del otro. Cossar era un gran hombretón, de brazos y piernas flacas y poco elegantes que parecían colocados por casualidad en los ángulos más convenientes de su cuerpo, y un rostro como una talla de madera abandonada en su realización y demasiado poco prometedora para merecer el acabado. La nariz había sido dejada cuadrada y la mandíbula se proyectaba más allá de la línea del maxilar superior. Resollaba más que respiraba. Pocas personas podrían considerarlo guapo. Tenía el pelo enteramente tangencial y su voz, que emitía con muy poca frecuencia, tenía un tono alto y generalmente una calidad de amarga protesta. Siempre llevaba traje gris y sombrero de copa. Cossar metió su enorme mano rojiza en el abismal bolsillo de su pantalón, pagó al cochero y subió los peldaños jadeando con resolución, un ejemplar del periódico cogido por la mitad como el rayo de Júpiter.

—¿Skinner? —decía Bensington sin darse cuenta de la llegada de Cossar.

—No queda nada de él —dijo Redwood—. Seguramente los habrán devorado a los dos. Es demasiado terrible… ¡Hola, Cossar!


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