El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Cossar, el bien conocido ingeniero, los encontró en la gran entrada del bloque de pisos. Redwood tenÃa abierto el húmedo periódico rosado, y Bensington, de puntillas, leÃa por encima del hombro del otro. Cossar era un gran hombretón, de brazos y piernas flacas y poco elegantes que parecÃan colocados por casualidad en los ángulos más convenientes de su cuerpo, y un rostro como una talla de madera abandonada en su realización y demasiado poco prometedora para merecer el acabado. La nariz habÃa sido dejada cuadrada y la mandÃbula se proyectaba más allá de la lÃnea del maxilar superior. Resollaba más que respiraba. Pocas personas podrÃan considerarlo guapo. TenÃa el pelo enteramente tangencial y su voz, que emitÃa con muy poca frecuencia, tenÃa un tono alto y generalmente una calidad de amarga protesta. Siempre llevaba traje gris y sombrero de copa. Cossar metió su enorme mano rojiza en el abismal bolsillo de su pantalón, pagó al cochero y subió los peldaños jadeando con resolución, un ejemplar del periódico cogido por la mitad como el rayo de Júpiter.
—¿Skinner? —decÃa Bensington sin darse cuenta de la llegada de Cossar.
—No queda nada de él —dijo Redwood—. Seguramente los habrán devorado a los dos. Es demasiado terrible… ¡Hola, Cossar!