El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —¿Es cosa de ustedes? —preguntó Cossar mostrando el periódico—. Bueno, ¿por qué no acaban de una vez? ¡Por favor!
Y añadió, gritando:
—¿Quieren comprar la finca? ¡Qué tonterÃa! ¡Quemarla es lo que hay que hacer! Ya sabÃa yo que ustedes lo enredarÃan todo, ¿qué van a hacer ahora? Pues… lo que yo les diga.
«¿Usted? Eche usted calle arriba hasta el armero, claro. ¿Para qué? A buscar armas. SÃ… sólo hay una tienda. ¡Compre ocho fusiles! Rifles. ¡No! ¡Rifles para elefantes, no…! Demasiado grandes. Ni fusiles de los que usa el ejército… demasiado pequeños. Diga que es para matar… un toro. ¡Diga que es para ir a cazar búfalos! ¿Ve usted? ¿Eh? ¿Ratas? ¡No! ¿Cómo diablos podrÃan comprenderlo…? Porque necesitamos ocho. ¡Y compre gran cantidad de municiones…! ¡No! Póngalo todo en un coche y vaya… ¿dónde está eso? ¿Urshot? A la estación de Charing Cross, entonces. Hay un tren… Coja el primero que salga después de las dos. ¿Cree usted que podrá hacerlo? Perfectamente. ¿Licencia? Claro, vaya a buscar ocho a la oficina de Correos. Licencias para fusil, ¿comprende usted? No para escopeta. ¿Por qué? ¡Porque son ratas, hombre…! Y usted, Bensington, ¿tiene teléfono? ¿SÃ? Llamaré a cinco de mis amigos de Ealing. ¿Por qué cinco? ¡Porque es el número apropiado…!