El alimento de los dioses

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«¿A dónde va usted, Redwood? ¡A coger su sombrero! ¡Tonterías! Aquí tiene el mío. ¡Lo que usted necesita son fusiles… no sombreros, hombre! ¿Tiene usted dinero? ¿Suficiente? Muy bien. Hasta la vista».

«¿Dónde está el teléfono, Bensington?»

Bensingon giró obedientemente sobre sus talones y despejó el camino.

Cossar utilizó el aparato y luego colgó el auricular.

—Luego hay las avispas —dijo—. Azufre y nitrato son la solución. Evidentemente. Sulfato de cal. Usted es químico. ¿Dónde puedo adquirir azufre a toneladas en sacos portables? ¿Para qué? ¡Pero, hombre! ¡Válgame Dios…! ¡Para ahumar el nido, qué caray! Supongo que debe hacerse con azufre, ¿eh? Usted que es químico, dígame… El azufre es lo mejor, ¿eh?

—Sí, creo que lo mejor será el azufre.

—¿No hay nada mejor…?

«Bien. Eso es cosa de usted. Perfectamente. Coja tanto azufre como pueda… y nitrato para que arda bien. ¿A dónde hay que enviarlo? A Charing Cross. Adelante. Ocúpese de que se haga. En seguida. ¿Algo más?»

Se quedó pensando un momento.

—Sulfato de cal… o cualquier clase de yeso… para taponar el nido… los agujeros, ¿entiende? De eso será mejor que me ocupe yo mismo.

—¿Cuánto?


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